El diablo de Robert Johnson

Para la preparación de From spirituals to swing —una serie de conciertos que retrató la evolución de la música afroamericana en Estados Unidos— su productor, John Hammond, rastreó todo tipo de artistas y en un viaje al sur se hizo con las grabaciones de un músico semi desconocido llamado Robert Johnson. Al escucharlas, quedó tan impresionado que quiso que tocara en Nueva York. Para encontrar a este músico del que apenas se conocían datos contactó con la compañía que figuraba en las grabaciones y con Don Law, su productor, cuando éste siguió su rastro lo que encontró fue que Robert Johnson acababa de morir envenenado en un bar. Había nacido un mito.

Su figura no quedó en el olvido y los grandes del blues como Muddy Waters, que asentaron el género años después, elevaron su nombre como referencia. Ante la espesura que suponía la biografía de un genio sin rostro, siempre hubo quienes se adentraron para encontrar registros y fotografías que le pusieran cara. Robert Johnson tiene un sitio ganado a pulso dentro de la historia de la música.

¿Y por qué todo esto? Las grabaciones que propiciaron esta ola de reconocimiento solamente recogen 29 temas. En sus letras se despliega la personalidad de un joven músico sobre la vida en el Delta del Misisipi; amores no correspondidos, obsesiones, fracasos, y ecos de superstición que conectan con lo atávico, con los mitos tradicionales de la tierra.

She’s a kindhearted woman
She studies evil all the time
You well’s to kill me
As to have it on your mind

Kind hearted woman blues

Ahora se sabe que su biografía arroja suficientes desastres como para identificar una relación obsesiva y áspera con la realidad. Se sabe que su padre le abandonó, que su primera mujer murió con su bebé dando a luz, o que la familia de su segunda esposa lo rechazó e impidió que viera a su hijo. Algunos describen un tipo excesivo, amante del whisky, mujeriego, pero que cuando tocaba no se atrevía a dirigir la mirada ni siquiera al encargado de la grabación… En la imperfección de estos trazos gruesos se dibuja una personalidad agitada, sumida permanentemente en la conmoción, sin duda un potente combustible para el blues.

When the train, it left the station
With two lights on behind
Well, the blue light was my blues
And the red light was my mind
All my love’s in vain

Love in Vain

Fue pionero en técnicas de guitarra como el slide que dicen aprendió tocando en cementerios. Una de las pocas fotos que se conservan de él lo retrata agarrando la guitarra con los dedos, cigarro en boca. Parte de la iconografía de Johnson está construida sobre sus pocas fotos y muchas habladurías, incluso la de sus habilidades, supuestamente adquiridas en un pacto con el diablo en un cruce de caminos. Él mismo se encargó de alimentar esa teoría.

I went to the crossroad, fell down on my knees
Asked the Lord above, «Have mercy, now, save poor Bob if you please»

Cross Road Blues

La historia se generó porque hubo un tiempo en que se perdió el rastro de Johnson, algunos dicen que desapareció unos meses y otros incluso hasta un año. El caso es que a la vuelta de ese tiempo, Johnson reapareció con habilidades extraordinarias, incluso comparadas con los mismos maestros como Son House que antes lo rechazaron por mediocre y ruidoso. Tocaba más rápido, más fuerte y con más alma, un progreso tan increíble no podía ser honesto. La idea de un blues fuera de la norma, seductor, malvado a la fuerza.

Aun así, fuera fruto del diablo, o de la combinación de práctica y talento, el blues rural de Johnson era primitivo, pero elocuente. En mi caso, busqué los discos por numerosas referencias salpicadas en artistas a lo largo de todo el siglo XX. Lo curioso es que en esa escucha de referencias, a veces una actividad algo artificial y enciclopédica, se elevaron las canciones de Johnson con un poder y una veracidad tales, como si el pacto con el diablo aun siguiera vigente.

Su voz era cautivadora y la emotividad que impregnaba en cada uno de los versos que narra, donde parece en algunos momentos parece romperse y en otros susurrar, es abrumadora incluso hoy. Siendo inevitable la imprecisión de la grabación, aprendes a escuchar la voz de Johnson como si estuviera encapsulada dentro del surco que hace el disco al girar. Ese es el mismo magnetismo que hizo a Law grabarle, a Hammond elegirle para su concierto, y a multitud de biógrafos buscar un nuevo dato que anunciar.

Bluesman hiperestudiado —apodado el abuelo del rock — su vida y sus canciones siguen siendo una puerta entreabierta. Se sabe que murió envenenado por una dosis de naftalina por el marido de Beatrice Davis, con quien mantenía un romance. Esta sustancia era más común de lo que ahora parece —dicen que se usaba por los dueños de locales para tranquilizar a borrachos ruidosos—, pero tuvo un efecto fatal en Johnson que sufría de úlceras estomacales. El pacto con el diablo dicen, se cobró su precio. La causa que aparece en su certificado de defunción es sífilis, pero no resulta un documento muy riguroso, prueba de ello es que la ambigüedad sobre su lugar de enterramiento ha traído consigo numerosas especulaciones, así se tienen varios memoriales y se contabilizan hasta 3 tumbas. Ahora se sabe por su hermanastra que fue movido de su tumba original y reposa en Little Zion Church de Greenwood, una iglesia cerca de donde fue asesinado.³

El tesón de numerosas investigaciones y su fundación¹ han arrojado numerosos datos sobre su historia, pero los mitos siguen vigentes, aún hoy se juega con la idea de sus habilidades demoníacas, con lo extraño y maldito que rodea a su muerte, o con el enigma de cuál de sus 3 tumbas será la verdadera. Ya sea por ausencia de datos, o por exceso de ellos, la leyenda de Robert Johnson sigue atrapada en ese surco, rebotando entre el cuento del músico sin rostro y la vida real una y otra vez. Su única salvación: esas escasas grabaciones. Se puede decir que Johnson es uno de los pocos náufragos que se pudo salvar de una poderosa escena musical. Incluso el título plural de su recopilación, King of the delta blues singers, parece hacer un guiño a tantos robert johnsons que ningún diablo ha rescatado y que no tienen tumba.

El hombre desmitificado Robert Johnson puede ser cualquier cosa; un genio virtuoso, un rockstar anacrónico, un pecador que arriesgaba demasiado, pero no hay que olvidar que, si olvidamos el souvenir histórico que supone, es un músico al que Eric Clapton² ha confesado ser incapaz de imitar. Sus canciones sabemos que son, en buena medida, un testimonio de la tradición existente en el Delta del Misisipi, ese cliché mágico y oscuro. Así rebotamos de nuevo a la pintura romántica del blues, volvemos al mito y el diablo nos enseña sus trucos. Ahora podemos ahondar más en su vida y letras para comprender que el diablo que Robert Johnson alimentaba —y un poco todos — casi nunca es el diablo, sino que camina a nuestro lado.

Early this mornin’, when you knocked upon my door
Early this mornin’, ooh, when you knocked upon my door
And I said, «Hello, Satan, I believe it’s time to go»

Me and the devil blues

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