La fórmula del Sonorama

La cita de Agosto con el Sonorama se vuelve a subrayar otro año en el calendario. Su combinación parece estimulante: canciones frescas y frívolas, un pueblo en fiesta y todo regado con vino de ribera del duero. Porque el Sonorama no es otra cosa que la sublimación de las fiestas de pueblo. Sublimación porque el Sonorama adquiere para sí las mejores características de una fiesta pequeña; seguridad, buen rollo, disponibilidad, y un bienintencionado “a ver si quedamos más” en cada esquina. El Sonorama parece convertir en aceptable hechos tan vergonzosos como tener un manchurrón de vino en el pecho. ¿A qué precio? Este ecosistema frágil (desde hace unos cuantos años ya se empieza a oir aquello de “otros años era diferente”) ha evolucionado mucho desde su creación, pero se sigue sosteniendo en la inevitable complicidad entre ciudad y festival. Las bodegas abren las puertas a los visitantes que llenan bares, plazas y pisos de alquiler a precio de temporada alta.

No es casualidad que hayamos tardado en nombrar la música. En el ecosistema Sonorama se reproducen bandas de indie españolas que sacan disco periódicamente. Si uno examina los carteles año por año encuentra el hilo conductor de los principales nombres de la música nacional. La moda es hacer un guiño al espectador, traer a Raphael, especular con Julio Iglesias y anunciar a bombo y platillo Chimo Bayo. Cabe preguntarse hasta qué punto este ecosistema puede retroalimentarse hasta que la mezcla se empiece a degradar. Cuánta gasolina pueden echar al motor del indie español los Love of lesbian hasta que se empiecen a sonar a Raphael.

Fuera del paradigma de lo indie hay poco donde buscar. La escasa aparición de otros estilos en el cartel lo hacen casi hermético al cliché de poperada. Pero cuántas veces nos hemos quejado de los festivales expansivos, de los que tiran a todo lo que se mueve, los que confeccionan el cartel con un listado de audiencias a las que impactar. Quizás es más fácil ver la identidad en festivales centrados en estilos más minoritarios que en el Sonorama. Pero no se puede negar una cierta integridad, venga del estilo que venga. Tras el boom de los festivales, los ríos de subvenciones y los tiempos en los que cualquier ciudad quería tener su Primavera Sound, el Sonorama sigue asomando la cabeza con orgullo.

Donde quiere mirar es otro tema. Los festivales, como todo evento masivo que se precie, viven obsesionados con la demografía. A quién le gusto y a quién le gustaré en el futuro es la base de su supervivencia. En una época bisagra en la que todos los organizadores se debaten entre agradar a los pudientes treintañeros, o empezar a encandilar a los mileuristas del futuro, el Sonorama no desperdicia tiempo: te trae a La orquesta Mondragón el jueves y a Nacho Cano el sábado, o a Berri Txarrak y Taburete. Pero a estas alturas, y con dos vinos, quién se acuerda de la coherencia.

La edición de este año trajo consigo un nuevo emplazamiento al lado del habitual, más grande, diferente. Es la muestra de que respira por metros cuadrados en una ciudad que lo vió nacer y ahora rompe sus costuras en cada bocanada. La organización lo dice bien claro en su web: “Queremos hacer el festival al que nos gustaría asistir”. Y en la trampa de ese relativismo cuesta más escribir una opinión que sumarse a la fiesta. La fórmula del éxito del Sonorama parece tan natural que cuesta imaginarse lo difícil que tiene que ser componerla, lo único que queda por saber es hasta cuántos bis seguirá sonando bien.

Qué es el Sonorama Festival

El Sonorama es un festival que se celebra durante el mes de agosto en la localidad burgalesa de Aranda de duero. Su primera edición se remonta al año 1998 y muestra todos los años las novedades del panorama musical internacional y nacional. En los últimos tiempos se ha caracterizado por una marcada tendencia dentro del panorama musical del indie en castellano. Está organizado por la asociación Art de Troya.

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